Blyd 1900, La Segunda Revolución

Blyd, 1900: Capítulo 1

Viernes, 13 de mayo de 1900. El “Emperatriz Silena”, rumbo a Blyd, la capital de Nylert. 07:08 de la mañana

Ilusión

Ha dejado su vida atrás. Ha vendido todas sus posesiones y solo se ha traído consigo una maleta pequeña y la convicción de que no importa que el dinero solo le haya alcanzado para un billete de ida, porque no piensa regresar.

Eso sí, el billete lo ha comprado en primera clase.

Adha Griet apoya los codos sobre la barandilla del «Emperatriz Silena» y sonríe, porque cuando subió al buque hace dos semanas y comenzaron a cruzar el océano, dejó atrás mucho más que el archipiélago de las Koru: en tierra se quedó un presente anodino. Ahora lo que tiene delante es un futuro brillante.

Y la ciudad de Blyd que, en cuanto el buque supera el último meandro del río Lhin, aparece entre las brumas de la mañana.

Detrás de ella, la sirena del buque deja escapar un bramido que asusta a una bandada de grullas que se habían posado sobre el casco. Como respuesta, desde el puerto fluvial resuena un repiqueteo de campanas. Parece que en Blyd todo sean campanas. Las hay de todos los tamaños y formas, encima de la mayoría de edificios. Las más sencillas se sostienen valientemente en lo alto de sus espadañas y otras cuelgan de campanarios ricamente decorados con tejas de colores y formas caprichosas. Eso sí, una parte de la ciudad permanece muda. Mientras el buque se acerca al puerto fluvial pasan por delante un amontonamiento de casitas que parecen mantenerse en pie por pura casualidad. Barracas, rectifica Adha para sí, no casitas. Se esparcen por parte de la ribera norte del río justo en las afueras de la ciudad pero, sobre todo, se hacinan por toda la ribera sur.

Tienen las fachadas de colores dispares, como si las hubieran construido a toda prisa con materiales de obra sobrantes, como si solo fuera necesario que tuvieran un techo y algo parecido a cuatro paredes. Y delante de las paredes, personas como hormiguitas en la distancia que agitan los brazos y saludan, corren por la ribera embarrada y agitan los brazos. Seguramente griten aunque por las campanas no puede escucharlos.

rio

Antepasados benditos, nunca había visto una ciudad tan grande. Una población de doscientos mil habitantes en vertiginoso ascenso por toda esa gente que llega del campo. Se lo escuchó decir la noche anterior a un caballero de frondoso bigote y cabello en franca retirada mientras llenaba su plato hasta arriba en el bufete de primera clase. Por cómo pronunció la palabra gente, con un ronquido porcino, como si fuera una palabrota, Adha deseó fervientemente que el hombre se atragantara con un canapé de salmón ahumado.

Porque ella entiende a esa gente que está corriendo por la ribera ahora mismo, como si quisieran alcanzar el buque, ella entiende a las miles de personas que cada año llegan a Blyd en busca de algo: un trabajo digno, una vida mejor. Adha entiende de sueños, porque también tiene uno.

El buque da una sacudida brusca mientras la proa del barco se encara hacia el puerto fluvial. En la cubierta inferior comienzan a desplegarse marineros vestidos con uniforme blanco. El puerto, construido con enormes bloques de piedra grisácea, está cada vez más cerca. Los marineros entonces extienden las manos hacia la superficie del río y las aguas se agitan. Desde donde está en la cubierta de primera clase, Adha puede ver cómo la corriente del río se arremolina y cambia, abrazando el casco del barco delicadamente.

El sol ya despunta tras los edificios más altos cuando el buque queda amarrado al muelle y los marineros despliegan una pasarela de madera hacia tierra firme. A voces anuncian que los pasajeros de primera clase van a desembarcar primero. Al instante Adha se encuentra rodeada de señoras con vestidos de seda y caballeros con abrigos de paño que forman una cola ordenada.

Y lenta.

Antes de bajar, un soldado comprueba sus cédulas de identidad con los registros del barco. La mujer que tiene delante en la cola para bajar del Emperatriz resopla audiblemente. Luego menea la cabeza haciendo entrechocar las perlas de sus pendientes pero eso no impresiona al soldado, que sigue comprobando sus documentos. Tras unos instantes, el mismo soldado asiente, le devuelve los documentos a la mujer de las perlas y se aparta para dejarla pasar.

Es su turno. Avanza un paso y el soldado la detiene con un gesto de la mano, enfundada en un guante del mismo color negro que el resto del uniforme.

adha

—¿Nombre? —pregunta mientras ella le tiende diligentemente sus papeles.

—Hokulea. Ailani Hokulea —responde ella apretando los labios. Es la última vez que va a usar su verdadero nombre. También va a dejarlo atrás en cuanto el soldado le deje poner los pies en tierra firme, en Blyd. Aquí va a ser Adha Griet. Es un buen nombre artístico. Internacional.

Mientras examinan su documentación, Adha mira a un lado. No solo porque así le enseña al soldado su mejor perfil (el derecho), sino porque quiere ver mejor las fachadas de las casas que despuntan tras los muros grises del puerto fluvial.

—Todo parece en orden —dice entonces el soldado, ofreciéndole de vuelta sus papeles. Adha le dedica una mirada de soslayo, intencionadamente coqueta, y comprueba que el soldado se ha sonrojado y parece diez años más joven. Pero entonces él la detiene con un gesto y su expresión se endurece—. ¿Y su insignia?

Necesita un segundo para entender qué le está pidiendo.

—Espere un momento… —protesta.

En las Koru nunca ha necesitado la maldita insignia. Solo las llevan los funcionarios del gobierno colonial y los pocos soldados a los que han destinado en ese rincón perdido del mundo. Por supuesto que los isleños, como súbditos del Imperio, también deberían llevarlas, pero para qué. Si en el archipiélago sólo hay dos Familias autóctonas, Agua e Ilusión, y además todo el mundo se conoce. El resto: Fuego, Tierra, Aire, Rayo, Azar, Escudo, Aura y Dominio las conoce pero como un retrato de otro mundo, de otra realidad. Aunque se da cuenta de que, a partir de ahora, esa realidad pasará a ser la suya.

—Señorita, tendré que pedirle que se haga a un lado y deje avanzar al resto de pasajeros —comienza el soldado, que echa una mirada hacia una fila cada vez más impaciente—. En cuanto haya desembarcado todo el mundo, tendrá que regularizar su situación con el oficial al mando.

El soldado hace un gesto por apartarla que ella esquiva echándose hacia atrás. Solo tiene unos segundos para aprovechar su perplejidad: Adha abre su bolso de un tirón y mete las manos dentro. Sabe qué aspecto tienen las insignias que debe llevar la gente en el continente. Es fácil. Trata de hacerse una imagen mental de lo que tiene que hacer mientras alcanza el Vínculo con su Familia y recrea el símbolo de Ilusión que representa un sol y una luna en cuarto menguante entrelazados. Un instante después, la luz parece volverse sólida entre sus dedos y cuando Adha saca las manos de su bolso allí está, la dichosa insignia. Puede que sólo esté formada por rayos de luz y su poder de Ilusión pero, desde luego, cuando se la coloca sobre el pecho, el soldado asiente y se hace a un lado.

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Son solo cuatro pasos más por la pasarela de madera y Adha puede, por fin, pisar tierra firme. Cierra los ojos mientras se pregunta, de repente, si está cometiendo una estupidez. Cuando tomó la decisión ya no se lo pensó dos veces, pero ahora no sabe por qué duda. Quizá es porque, si se concentra, puede escuchar a su madre y a su abuela diciéndole que no podía marcharse. Que como mujer era su deber quedarse en la isla, la tierra de sus Antepasados.

Entonces se obliga a abrir los ojos y a ver, sin miedo, el puerto y todo lo que la rodea. Las recriminaciones de su madre y de su abuela se apagan y quedan olvidadas en un rincón de su mente. Adha da un paso adelante y dice, para sí:

—A la porra con los Antepasados.

Al instante se arrepiente, claro. Siguen siendo sus Antepasados por mucho que a veces haya que seguir estúpidas tradiciones en su nombre. Por suerte, no cree que tan lejos de casa vayan a escucharla.

—He visto lo que ha hecho usted. —Acaba de hablarle un sombrero. O más bien un señor bajito cuyo bombín le queda a Adha a la altura de la nariz. El hombre del sombrero compensa sus facciones anodinas con un bigotito de lo más gracioso, retorcido en las puntas—. Lo he visto, ¿sí? —repite el hombrecito en voz baja. Tiene un acento extraño, cantarín, con vocales que se alargan de forma inesperada y consonantes que suenan más fuertes de lo que deberían. Luego chasquea los dedos y señala la falsa insignia que Adha lleva en el abrigo—. Ilusión.

Lo reconoce, estaba detrás de ella en la cola para desembarcar. Y hay algo en sus palabras que no suena a amenaza, sino asombro, y eso es lo único que evita que Adha eche a correr en ese mismo instante.

Aunque tampoco sabría hacia dónde.

La gente que ha bajado del buque se mezcla rápidamente con los que esperan en el embarcadero, entre los cuales se cuentan un pelotón entero de soldados con un uniforme mucho más elegante que el que recibía a los pasajeros en bajar del barco. Justo al lado, Adha entrevé un grupo de personas de pie en una pose de incómoda solemnidad.

El hombrecillo del bombín le hace una seña con la mano. Que espere. Parece que esté buscando algo, ya sean las palabras o un papel que el hombre, tras un registro de sus bolsillos, le tiende a una Adha que ya ha empezado a retroceder.

—Tome, tome —le dice, agitando el papel frente a ella. Es una tarjeta de visita, aunque ella no puede leer lo que hay escrito en tinta dorada—. Ilusión, ¿sí?

Tres notas graves de trombón son la única advertencia que tienen los presentes de que una banda, medio oculta tras los soldados vestidos de gala, va a empezar a tocar. El hombrecillo entonces mira hacia los músicos y se endereza el bombín, que llevaba ligeramente torcido. Hace una última intentona, le tiende la tarjeta a Adha y ella finalmente la toma entre los dedos. El hombrecito sonríe tanto que las puntas de su bigote retorcido le tocan las arrugas que tiene alrededor de los ojos y se va con paso decidido hacia el lugar de donde procede la música. La gente se aparta, y Adha puede ver por fin que tanto alboroto, la banda y los soldados y el grupo de gente que espera vestida con ropa demasiado elegante para el puerto fluvial a las ocho de la mañana, estaban esperando precisamente al hombrecillo. La banda de música ataca con entusiasmo una marcha militar. Adha juraría que es el himno nacional pralinés.

Por pura curiosidad, lee el nombre escrito en la tarjeta: Varno Monsett.