Blyd 1900, La Segunda Revolución

Blyd, 1900: Capítulo 2

Viernes, 13 de mayo de 1900. Puerto Fluvial de Blyd, la capital de Nylert. 08:03 de la mañana

Fuego

—No te rías.

—No te rías tú.

Un codazo. Kera disimula media carcajada en un amago de tos que se cubre con una mano enguantada. Aun así, los ojos de la Emperatriz Silena se dirigen milimétricamente hacia ellas antes de volver a su expresión habitual: una mirada que quiere ser de fría superioridad, pero que en realidad es de aburrimiento.

«No me digas que no has visto lo que le ha ocurrido al segundo trombón», escucha dentro de su cabeza. Ahora Kera le devuelve el codazo a su amiga. Aura nunca ha sido su fuerte, pero lo compensa con ser capaz de susurrar sin apenas mover los labios.

—Calla, Luar. Vas a provocar un incidente diplomático.

Aunque sí que lo ha visto. Uno de los tubistas de la banda, en pleno arrebato, ha soplado el instrumento tan fuerte que ha dejado al trombonista de enfrente suyo con el peluquín torcido. Y es infantil, y de veras que las damas de compañía de la Emperatriz Indrasil deberían mantener la compostura, como lo hace el resto de su séquito, reunido en el puerto, pero llevan dos horas esperando el dichoso buque y es lo más interesante que les ha ocurrido hasta ahora.

—Ya llegan —susurra Kera concentrándose en respirar aunque el apretado corpiño que lleva lo haga complicado.

La banda emprende con huracanado entusiasmo el himno nacional Pralinés mientras la delegación de este país se acerca. El resto de invitados internacionales ha ido llegando a lo largo de la semana y, como marca la diplomacia, la Emperatriz Indrasil, soberana de todo Nylert, Luz en la Oscuridad, Orden en el Caos, ha estado allí para recibirles cada vez y, con ella, su séquito de ayudantes, aduladores profesionales y sus sufridas damas. Por lo menos esta es la última delegación extranjera, porque al día siguiente se inaugurará la Exposición Universal de Muestras de Blyd de 1900.

La delegación pralinesa avanza: en cabeza la va la Presidenta de la II República de Pralín, sus ministros de Innovación y Tecnología, de Trabajo y de Cultura. Un poco más atrás, un enjambre de funcionarios de menor cargo con expresión de no creerse que les hayan llevado a un viaje con todos los gastos pagados. Y, sin embargo, todas las miradas, incluidas las de Kera y Luar, se fijan en el hombrecillo de baja estatura y bigote como un símbolo de interrogación que va el último.

—¿Es él? —pregunta la dama Rayo, Aisha Elwer, en voz baja.

Kera asiente. De reojo todavía vigila a la Emperatriz, por si necesitara su asistencia.

—Creo que sí. Vi una fotografía suya en el Heraldo hace meses.

—Quizá tengamos suerte y mañana en el baile nos dé un avance de sus inventos. ¿Qué opinas? —murmura Luar, que se arriesga a romper el estricto protocolo de la corte Indrasil para ponerse un poco de puntillas y poder así ver mejor al hombrecillo que, según dice toda la prensa del país, está destinado a cambiar el mundo: Varno Monsett. Diez años atrás no lo conocía nadie y ahora su nombre está en boca de todos, para bien o para mal.

—Solo por eso, quizá merezca la pena asistir al dichoso baile.

A Luar se le escapa una risita y Kera ya sabe qué va a decirle antes de que abra la boca así que le da otro codazo preventivo. La dama Rayo las mira imitando la expresión airada que pondría la Emperatriz pero, igualmente, su amiga se inclina milimétricamente hacia ella y murmura:

—¿Y para poder ver a tu querido General no vale la pena?

Sabe que no debería contestar. Sabe, de hecho, que Luar lo único que quiere es meterse con ella, pero acaba por caer. Siempre cae.

—No es mi querido nada.

corona

Tras un silencio de la banda que, al instante, vuelve a la carga con una nueva tonada, uno por uno, los miembros de la delegación pralinesa dedican una reverencia a la Emperatriz que, a cambio, les regala una sonrisa regia pero breve.

«Si supieran lo que realmente piensa de ellos, no le harían tantas reverencias, no». Una vez más, la voz de Luar resuena dentro de su cabeza y Kera se vuelve hacia ella con los ojos muy abiertos. Su amiga entonces sonríe, una sonrisa dulce, inocente. Sonrisa de cortesana. «El Emperador me guarde de usar Aura con la Emperatriz», dice entonces, dando dos golpecitos al camafeo que lleva colgado del cuello. Tiene, en filigrana de plata, la gardenia símbolo de los Gerder y, en el centro, labrado en turmalina negra, el símbolo del ojo abierto de la Familia Aura. «Pero ha dado la casualidad de que pasaba cerca de sus aposentos cuando la preparaban para venir y la Serena Emperatriz Silena, Luz entre Tinieblas, Lluvia en la Sequía, Aliño en la Ensalada, estaba gritando a sus sirvientas que era una ofensa que Ella tuviera que venir a recibir, palabras textuales suyas, “a un puñado de pordioseros venidos a más”».

Se arriesga a dedicar una mirada larga hacia la Emperatriz. Continúa con el mismo semblante gélido, ahora dirigido a un enjambre de periodistas que inmortalizan el acto con sus fotografiadoras. Aunque, a decir verdad, es el mismo gesto que tiene siempre. Únicamente se suaviza cuando el príncipe Asgard la lleva del brazo.

A su lado está la presidenta de la República de Pralín, una mujer enjuta que lleva el cabello recogido en un complicado moño y un vestido negro que se ve caro, pero sin adornos. Y, desde luego, tampoco lleva ninguna insignia visible que indique la Familia a la que pertenece, ni ella ni nadie de su séquito, aunque Kera sabe que la presidenta es Tierra y en Nylert esto no sólo sería impensable. Sería una afrenta, una blasfemia. Puede que sea un descuido, que no sepan que todos los habitantes del Imperio deben mostrar su Familia (signo de una sociedad ordenada, dice la propaganda estatal, y una sociedad ordenada es una sociedad sana) aunque ella apuesta más por una omisión deliberada. Una pequeña revancha. Cuando cien años atrás los pralineses se levantaron contra sus reyes, el Emperador Indrasil de Nylert fue el primero en declararles la guerra.

—Bueno, ya era hora —dice Luar poniéndole una mano en el brazo. Un instante después la banda acaba la pieza que estaban tocando y, para alivio de muchos, ya no tocan más.

Los primeros en moverse son los soldados que hasta entonces habían permanecido inmóviles, una mancha negra en la periferia de su visión. Forman una columna de a dos que corta la multitud que se ha congregado en el puerto como un cuchillo y dejan entre ellos un paso amplio. Entonces la Emperatriz comienza a caminar hacia los carruajes que ya los esperan unos metros más allá y, a su paso, todos se inclinan. Estibadores que han encontrado su trabajo interrumpido por la llegada del buque, hombres vestidos con sus mejores galas y otros con ropas remendadas de obrero, mujeres de todas las edades y condición social dedican una reverencia unánime a su soberana. Es la primera vez en toda la mañana que Kera ha visto a la Emperatriz sonreír con sinceridad.

Sin el ruido de la banda, el silencio en el puerto se hace patente. Las multitudes en Blyd siempre son así: mudas. El ejército suele tomarse los gritos como una provocación. Por eso mismo, en cuanto la Emperatriz llega junto a su carruaje, un crujido proveniente de los grandes diques de caliza que protegen el puerto hace volver todas las cabezas.

Es una grieta. Se expande sobre sobre la roca a toda velocidad, manda esquirlas de roca por los aires. La Emperatriz se ha quedado helada con la mano a media altura a punto de saludar a la multitud y los soldados se han puesto en alerta.

La grieta crece con un sonido cada vez más estruendoso y, en un instante, se adivina un patrón en los surcos, una imagen. Grabada en la piedra queda la silueta de un árbol retorcido, nudoso, que hunde sus muchas raíces en una esfera: Tierra. El símbolo de la Familia Tierra.

Kera no sabe ni por qué se sorprende ni por qué su cuerpo, respondiendo a las señales de alarma, comienza a acumular calor. Por supuesto que para cualquiera de los grupúsculos igualitaristas que pululan por la ciudad, la recepción en el puerto era un buen momento para mandar un mensaje, para llamar la atención de la prensa, pero las cosas no se hacen así. Así sólo se consigue que, olvidando toda prudencia, la gente se ponga a gritar.

De los gritos a los empujones sólo hay un paso.

No ayuda que, de repente, el aire alrededor de los soldados se inflame. La mitad se coloca alrededor de la Emperatriz y los demás se encaran a una multitud que se rebate.

Como un solo ser, los soldados estiran los brazos. Virulentas llamaradas bailan entre sus dedos durante unos segundos que a Kera le parecen larguísimos pero que no son suficientes para que la gente huya. La primera oleada de Fuego, que los soldados Vinculan en perfecta sincronía, se eleva hacia el cielo en señal de advertencia.

Detrás de ella, como de la nada, aparece un nuevo destacamento de soldados. Las capuchas rojas que les cubren la cara sobresalen por entre el gentío aunque no tiene tiempo para mirarlos porque uno de ellos le tira del brazo con tanta fuerza que a punto esta de caerse y tropieza con los bajos de su vestido.

—A los carruajes, ¡rápido! —repiten en voz cada vez más alta.

Fuego

Kera mira hacia delante mientras el calor le recorre la punta de los dedos cada vez con más intensidad. Puro instinto primario de supervivencia, aunque una voz en el fondo de su cabeza le dice que no sería apropiado que una de las tres damas de la Emperatriz hiciera uso del Vínculo con su Familia en esta situación. Ante todo, como siempre le han dicho, compostura.

Pero no es fácil mantenerla cuando, a su alrededor, los blydenses que hasta hace un momento se inclinaban con silencio y reverencia, gritan de terror ante una nueva onda de llamaradas que ahora parece apuntarles más directamente. La delegación pralinesa parece asustada y horrorizada a la vez pero, al contrario que el séquito de la Emperatriz, a ella le parece que no lo están por el símbolo de Tierra que ha aparecido sino por cómo los soldados golpean a todo el que trata de acercarse a ellos.

Kera toma fuerzas y, ante un nuevo empujón, sujeta las faldas de su vestido para no tropezar. Un poco más adelante ve que la Emperatriz ya está en su carruaje y lo mira todo impasible. La Presidenta de la República Pralinesa, a su lado, lo observa todo con ojos enormes de la impresión.

—Vamos, vamos —repite uno de los soldados.

—¡Hago lo que puedo! —A su lado, Luar trata de rebatirse, con el brazo en una posición casi imposible entre los dedos enguantados del soldado, que se lo aprietan con fuerza—. Intenta correr tú con uno de estos vestidos.

El primer impulso de Kera, una vez que logra mantenerse en equilibrio, es intentar llegar hasta su amiga pero entonces la ciega un nuevo destello de llamaradas. Los gritos a continuación también la aturden. Y se deja llevar. Supone que es un nuevo soldado quien la agarra de la mano y quien le hace avanzar a trompicones. Kera abre los ojos, todo su campo visual todavía teñido en motas de rojo por el resplandor. Pero, a pesar de todo, mira hacia los lados, mira hacia atrás.

—Espera, espera —resuella con el poco aliento que le deja la carrera—. Falta la dama Aura. No podemos dejar aquí a la dama Aura.

Pero el soldado no responde y Kera entonces trata a su vez de soltarse, aunque es imposible. La sujeta con tanta fuerza que ni aun Vinculando Fuego cree que sería capaz de hacerlo. No le sorprende que los blydenses griten de terror cada vez que les ven aparecer. Si así tratan a la nobleza, no quiere imaginarse cómo tratan al resto.

Mientras avanza, a pesar de todo, Kera levanta la cabeza. El recogido se le ha deshecho; los mechones pelirrojos, orgullo de su familia porque se asemejan a las llamas del Fuego y que ahora escapan por entre el tocado, le tapan los ojos. A su lado, alguien le da un empujón, dos mujeres que huyen; por sus ropas de algodón de color triste probablemente sean trabajadoras de alguna de las fábricas de los alrededores. Quizá tuvieran un rato libre, quizá quisieran solo ver un atisbo del lujo de la Exposición, y mira ahora.

Entonces grita. Grita porque, por el rabillo del ojo ha localizado a Luar, casi a punto de ser arrollada por la multitud que huye de los soldados, de rodillas en el suelo, la mano levantada pidiendo ayuda. Kera grita pero nadie parece escucharla porque su garganta tan solo es una más en coro con el resto. De nuevo tira del soldado hacia atrás, que se detenga, que se detenga, que la dama Aura está en peligro, quiere decirle aunque tan solo es capaz de gritar y cuanto más grita más tira el soldado de ella, hasta que la lanza sin miramientos hacia su carruaje.

Ella se pone en pie en cuanto siente la mullida alfombra bajo las rodillas. Dónde está Luar, dónde está Luar. Pero el soldado ya no está allí para indicárselo y la multitud corre en todas direcciones.

—¡Luar! —grita cuando el carruaje, todavía con la puerta abierta, comienza a vibrar porque los blydenses, en su huida, asustan a los caballos—. ¡Luar!

En ese momento la localiza, todavía en el suelo, la mano derecha extendida. Contiene un gemido. En dirección a Luar, con pasos firmes como los de un pescador a contracorriente en el río, un joven se dirige hacia ella. No puede verle la cara pero un destello de ojos azulísimos le facilita reconocerlo de nuevo cuando otra avalancha de la multitud amenaza con pisotearla. Cierra los ojos y contiene la respiración.

Cuando vuelve a abrirlos, Luar ya no está en el suelo pero el joven de ojos azules sí que está frente a ella y es ahora quien la ayuda para que llegue al carruaje. En cuestión de segundos, Luar ya está allí y el carruaje comienza su marcha y Kera termina sentada de golpe sobre el asiento por la inercia.

Se alejan del puerto fluvial en silencio, el sonido de las ruedas y de los cascos de los caballos contra el pavimento llenando todo el espacio. Poco a poco, su corazón se va calmando y se dice que ya debería estar acostumbrada, que de un tiempo a esta parte, manifestaciones como la que acaban de presenciar son cada vez más comunes, mucho más teniendo en cuenta la cercanía de la Exposición. Y, poco a poco, a medida que se acercan al centro de la ciudad, Kera tiene la sensación de que el mundo vuelve a girar sobre su eje cuando, al paso de la comitiva imperial, toda actividad se detiene como si un frío repentino congelara la superficie agitada de un lago. Las cabezas de los transeúntes se vuelven hacia la procesión de calesas y luego se inclinan hacia abajo, los otros carruajes se detienen bruscamente, todo el ruido se aquieta. Se supone que es una demostración de respeto, pero después de lo que acaba de suceder en el puerto, Kera se pregunta cuántos fieles súbditos se inclinarían si no les obligaran a hacerlo.

—¿Quién era? —le pregunta a Luar, frente a ella, a quien también se le ha destrozado el peinado y que aprieta con fuerza la seda gris de su falda.

Luar levanta la cabeza y en la cara le aparece esa expresión de pura inocencia que Kera conoce tan bien y que, no hace mucho (aunque parezca una eternidad), también le había aparecido, mientras le contaba lo que había escuchado en la habitación de la Emperatriz.

—¿Quién era quién? —Luar disimula, finge como que quita una mota invisible de polvo del vestido, pero Kera la conoce desde que ambas eran niñas. Las Gerder son grandes actrices, eso lo sabe toda la corte. Y Luar Gerder es la mejor entre ellas.

—Lo he visto. No te atacaba. Te ayudaba. Que yo sepa, las multitudes enfurecidas no suelen ayudar a las damas en apuros. Mucho menos cuando esas damas son parte del enemigo.

Entonces, lo ve. Es breve pero intenso, un brillo de valentía en los ojos de Luar que se acompasan con una sonrisa pícara.

—¿Quién te ha dicho que yo sea el enemigo, querida?