Blyd 1900, La Segunda Revolución

Blyd, 1900: Capítulo 3

Viernes, 13 de mayo de 1900. Exposición Intercontinental de Muestras de Blyd, la capital de Nylert. 09:23 de la mañana

Tierra

Tam Strainir ha visto como en sólo un año el descampado se convertía en una plaza arbolada, ha visto crecer los pabellones para la Exposición Universal de Muestras desde sus cimientos a los torreones, cornisas y frontones que los coronan. Balancea las piernas encaramado en lo más alto del Pabellón de la Ciencia y la Tecnología, una enorme estructura de hierro y ladrillo, de aristas y formas geométricas. Ya ni recuerda cuándo perdió el miedo a las alturas. Desde abajo le llega un grito.

—¡Strainir! ¡Atento!

Pero no está atento. Cuando sube aquí arriba a menudo se queda embelesado con las vistas. Le resulta increíble que hayan sido capaces de construirlo todo en tan poco tiempo, y no sabe si admira todo lo que han hecho o lo odia. Hoy se decanta más por el odio, la verdad. Odia que arquitectos, capataces y políticos se vayan a colgar las medallas durante la inauguración cuando han sido ellos, los obreros que noche y día en turnos interminables subían la colina desde sus casuchas en las afueras, los que han terminado la obra a tiempo.

—¡Ahí va! —grita la misma voz de antes. Tam Strainir suelta una palabrota entre dientes, se pone en pie sobre la cornisa. En la base del pabellón algunos de sus compañeros comienzan a tirar de una soga gruesa como un brazo, enganchada a una polea que cuelga de lo alto del edificio. Con ella, levantan una gigantesca escultura. Mientras les ayuda a elevarla trata de apartar todas las distracciones de su mente: los gritos del resto de obreros a su alrededor, el chirrido de una carretilla, el olor a piedra y sudor omnipresente en la obra. La escultura ya está casi a su altura. Tam se inclina, la mitad de su cuerpo queda sobre el vacío y, desde abajo, le llegan gritos para que tenga cuidado; pero él no piensa caerse. Claro que ni Berill ni Brons pensaban caerse haciendo el mismo trabajo que él y mira. Berill se rompió ambas piernas y pudo dar las gracias; Brons cayó de cabeza.

Estira la mano hasta tocar la estatua. Está hecha de caliza, lo sabe al instante: cuando hace uso del Vínculo, cada tipo de piedra lleva una resonancia especial y dentro de su cabeza la caliza siempre ha hecho un ruido seco, como si aplastara un fragmento de yeso entre los dedos

Tira. No con las manos, porque apenas está tocando la piedra, sino con la voluntad. Afianza los pies descalzos en la cornisa, a través del hierro y los ladrillos del pabellón, puede sentir la Tierra metros más abajo. La escultura se inclina hacia él. Tam ahora extiende el otro brazo. Siente como si todos los músculos de su cuerpo fueran a resquebrajarse por el esfuerzo. No es una sensación nueva. Bendito sea el Emperador porque si de repente no le doliera nada comenzaría a preocuparse. La escultura toca la cornisa con un chasquido y es la señal que necesita para dar otro tirón brusco, lo bastante fuerte como para que la mole de piedra se deslice bruscamente hacia él y quede definitivamente plantada en el centro de la cornisa. Quedan cinco más. Tam Strainir se frota el sudor de la frente con el antebrazo y les grita a sus compañeros que ya pueden prepararse para subir la siguiente.

estatua

—¿Y qué dices que representan?

Vistas desde abajo no parecen tan grandes. Ni tan pesadas. Tam alterna la mirada entre las  estatuas, finalmente colocadas en su sitio, y Lucash, uno de los compañeros. Lucash es un tipo peculiar: huesudo, poco hablador. Cada día lleva un libro distinto en el bolsillo trasero del pantalón y sabe cosas. Cosas sobre arte y filosofía que a Tam siempre se le hacen un embrollo en la cabeza. A su alrededor, sus compañeros siguen trabajando. Sólo queda un día para inaugurar la Exposición y están ultimando los detalles que faltan a toda prisa; pero él necesita un minuto de descanso, está agotado. Y además quiere saber qué significan esas figuras de hombres con expresión ensoñadora y ropa de aspecto anticuado.

Lucash se rasca una coronilla que comienza a clarear con sus dedos manchados de polvo. Siempre calla unos segundos antes de responder a cualquier pregunta.

—Creo que es una alegoría de las ciencias. Mira, el de la derecha tiene un ábaco en las manos: matemáticas, y otro tiene un telescopio.

Tam querría preguntar qué es una alegoría pero se limita a observar las esculturas otra vez. Él no entiende de estas cosas pero aun así no puede apartar la vista de la cornisa. Recuerda cómo el año anterior trabajó en la construcción de un palacete en el barrio de Malesia, junto al río. El capataz de la obra no era un bastardo como muchos que ha conocido y dejaba que en sus ratos libres ayudara a los escultores con la decoración. Tam nunca se había sentido tan orgulloso de sí mismo como cuando, en una esquina del palacete, colocaron una ménsula en forma de pájaro que había hecho él con sus propias manos.

—Son bonitas.

Al escuchar sus palabras Lucash ríe entre dientes.

—Son un capricho banal como todo lo que estamos construyendo aquí, Strainir. Con lo que ha costado todo esto se podría…

—Para escuchar este tipo de discursos tengo de sobras con mi hermano, Lucash. Déjalo estar —le corta él. Como tantos otros Tierra en la obra, Lucash simpatiza con los movimientos igualitaristas. De repente se le ha ensombrecido el humor, así que se aparta unos pasos. No le gusta hablar de estas cosas, ni siquiera escucharlas. Sabe de sobras que traen problemas.

—¡Strainir! ¡Lucash!

rayo

Tendría que habérselo imaginado. El que ha gritado es un hombre casi más ancho que alto, calvo y de piel enrojecida bajo el sol, uno de los capataces en la obra de la Exposición y, definitivamente, uno de los peores bastardos con quien Tam ha tenido la desgracia de trabajar desde que llegó a Blyd.

Tam baja la cabeza, deja que sus brazos le reposen inertes a ambos lados del cuerpo y encorva ligeramente la espalda. No quiere conflictos. Todavía no ha cobrado el jornal para esta semana de trabajo y, sin él, no podrá pagar el alquiler.

—Señor Kelso —murmura. Se inclina todavía más. Trata de parecer pequeño, inofensivo. Por el contrario, Lucash, que sigue a su lado, se yergue.

—Un día. —Una miríada de gotitas de saliva escapan de la boca de Kelso cuando habla—. Sólo queda un día para la inauguración y vosotros dos perdiendo el tiempo. Todos los Tierra sois igual de holgazanes, el Emperador os maldiga.

Eso último lo dice prácticamente gritando. Algunos de los obreros que tienen a su alrededor levantan la cabeza para mirar hacia Kelso, pero vuelven a bajarla inmediatamente y se concentran de nuevo en sus quehaceres. Tam sumerge los dedos de los pies en la tierra sucia de la obra como buscando una calma que está empezando a perder.

Un índice grueso, manchado de tierra, se agita justo debajo de sus narices.

—Volved al trabajo inmediatamente. No quiero más distracciones, ¿entendido?

Él murmura entre dientes apretados:

—Sí, señor.

Kelso se aparta dando un resoplido satisfecho. Da un paso hacia atrás como si fuera a dejarlos tranquilos pero entonces se detiene.

—Deberíais estar agradecidos por poder trabajar. Sois unos privilegiados porque en vez de mandaros de vuelta a vuestros campos llenos de mugre os hemos acogido y os hemos dado la oportunidad de progresar; pero que a ninguno se os olvide que de donde habéis salido vosotros hay una docena esperando a ocupar vuestro lugar, lo sabéis, ¿verdad? ¿Lo sabéis? Decídmelo, que yo os escuche.

Tam respira hondo para retrasar el momento en que tenga que humillarse y contestar. A su alrededor, la actividad en la obra sigue igual de frenética que antes pero aun así las voces de sus compañeros se han aquietado. Están escuchando.
Siente un cosquilleo en las plantas de los pies: una vibración corta, dos largas, tres golpes secos. En la obra suelen Vincular Tierra para comunicarse rudimentariamente entre ellos. Otra vez lo mismo: una vibración corta, dos largas. Los tres golpes finales son tan fuertes que le resuenan dentro del pecho. Es un mensaje de ánimos.

—Lo sabemos, señor. Gracias —dice al fin con un hilo de voz. Tiene la garganta seca. Lucash repite lo mismo que él pero lo hace en una voz más baja y todavía más airada.

—Os tendré que descontar el día de hoy de la paga semanal. Lo hago por vuestro bien. Mejor un día menos de pago que acabar en la calle. —Kelso entonces produce un silencio expectante, les mira como si esperara que Tam o Lucash o cualquiera de los que siguen trabajando a su alrededor pero que, a la vez, escuchan atentamente, reaccionen. Al fin  chasquea la lengua con desdén, comienza a apartarse con una sonrisa cruel en sus labios demasiado gruesos y justo cuando ya se está dando la vuelta hace un gesto cortante con la mano. De inmediato una hebra de Rayo, un latigazo azul brillante, restalla en el aire y va a caer a los pies de Tam dejando una marca negruzca en el suelo—. Esta noche tiene que quedar todo listo.

Mientras el capataz se aleja, Tam aprieta los puños. Respira hondo para intentar que esa frustración que le pesa bajo el pecho se disuelva. No quiere empeorar las cosas, ni siquiera cuando se muere de ganas de acercarse a Kelso y contestarle a todos sus insultos con los puños.

Al final, prefiere girarse y bajar la cabeza. Se recuerda que ahora come casi cada día y que tiene un techo bajo el que refugiarse. Es más de lo que tenía en Varme, el pueblo miserable del que su hermano y él se marcharon hace cinco años. Si tiene que deslomarse cada día en la obra y aguantar los insultos de tipos como Kelso, alabado sea el Emperador.

—Siento lo que ha ocurrido —le dice a Lucash. Al fin y al cabo, si no le hubiera preguntado por las estúpidas estatuas, su compañero no habría perdido un día de paga. Como respuesta, Lucash sólo le dedica una sonrisa críptica que le marca las arrugas en su cara huesuda.