Blyd 1900, La Segunda Revolución

Blyd, 1900: Capítulo 4

Viernes, 13 de mayo de 1900. Teatro Principal, barrio de Valbazar. 11:42 de la mañana

Ilusión

Adha respira hondo, cuenta hasta diez, mantiene el aire dentro de los pulmones y lo expulsa muy lentamente. Vuelve a mirar la carta. De todas las posesiones que ha traído a Blyd, es la más importante. La carta lleva la firma del propietario del Principal, uno de los muchos teatros de la capital, una oferta de trabajo y la dirección de una calle de Blyd a la que ha llegado tras una larga caminata.

Pero tiene que haber une equivocación. Junto a la carta venía un panfleto primorosamente impreso sobre papel satinado. En el panfleto se veían imágenes de una fachada lustrosa con el nombre del teatro en letras grandes en la esquina, y de una sala como los Antepasados mandan, con un gran escenario y butacas de terciopelo rojo. Adha parpadea, como si al hacerlo pudiera obviar que a la marquesina que tiene frente a los ojos le faltan las primeras cuatro letras, «ipal», o que la fachada que tiene delante parece combarse bajo el peso de décadas de carteles mal arrancados.

Adha da un paso atrás. Entonces choca contra una mujer. Adha se gira para pedirle disculpas, pero la mujer, con la mirada baja, sigue su camino. Cosido sobre la tela de su vestido desgastado, tiene un parche con el símbolo de la Familia Agua, al igual que los dos niños de cara mugrienta a los que arrastra de la mano. Tendría que haberlo sospechado. Cuando estaba en el centro de la ciudad, la vista se le iba a todas partes: a las calles pavimentadas de adoquines, a los árboles que al parecer flanquean todas las avenidas importantes y a los palacetes de cerámica coloreada que, aquí y allá, surgían de entre construcciones más antiguas como una flor en primavera. El barrio donde está ahora es pobre y triste. Huele a ladrillos recalentados por el sol y a sudor de caballo. Lo único verde que hay aquí son los regueros de agua residual que se acumula entre los adoquines.

A regañadientes vuelve a girarse hacia el teatro. Por lo menos, la puerta principal está entreabierta. No invita a entrar; no parece que tras las hojas de madera desvencijada vaya a aparecer una alfombra roja, pero ella antes se lanza de cabeza al río que regresar a Hol Ibu.

teatro

Y resulta que están ensayando. Adha cruza el vestíbulo de cajas amontonadas y entra en la platea del teatro. Al final, las butacas sí que son rojas. De un rojo desvaído, rojo triste, rojo raspón en las rodillas pero rojas al fin y al cabo. Sobre el escenario, pasean dos personas cogidas del brazo y, a cada paso que dan, levantan una nube de polvo. También se encogen sobre sí mismos cada vez que un hombrecillo la platea les pega gritos. Adha sería capaz de reconocer a un director de teatro en cualquier parte. Aunque esta vez no tenga mucho mérito porque está en un teatro. O en lo que queda de él.

Durante un segundo sopesa qué hacer. ¿Acercarse? Aprieta la carta entre los dedos. Acercarse y responder a la cara de leche agria del  hombrecillo con una sonrisa amable se le hace horriblemente cuesta arriba. Tiene todas las fuerzas concentradas en un enfado en vertiginoso ascenso, porque esto no es lo que le habían prometido en la carta. No. En la carta le habían prometido un teatro de primera, colas frente a la taquilla, luces. No polvo y terciopelo raído.

Al final, gana la rabia y pisa las tablas con los tacones de sus zapatos, procurando que sus pasos resuenen claramente. Los dos actores se detienen para mirarla, pero el hombrecillo de la platea sigue gritándoles hasta que la tiene prácticamente al lado. Sólo entonces el hombre se calla, se voltea hacia ella con la boca entreabierta y las cejas fruncidas tan gruesas como el bigotito que le disimula unos labios demasiado llenos, rayando lo baboso.

—¿Y usted es? —Voz amable. Aparece, bajo el bigotito, una cosa que podría pasar por sonrisa y Adha relaja ligeramente la mano con la que sujeta la carta.

letter

—¿Es usted el señor Shornet? —Porque Ibir Shornet es el propietario del teatro, el que firma la carta y el que le ofreció el trabajo. Como a Adha se le comienza a acabar la paciencia, continúa, pero esta vez plantándole la carta frente a los morros. Con la mano que le queda libre, aprovecha que Shornet está desprevenido para darle un apretón firme de manos—. Soy Adha Griett. Hablamos hace unos meses.

—Sí… —Casi puede ver cómo dentro de la cabeza de Shornet, los engranajes de la memoria giran para intentar identificarla. Con más seguridad, añade—: Creo que… sí. De Hol Ibu, ¿verdad?

—Sí. Respondí a su anuncio —sonríe ella ladeando levemente la cabeza. Y lo que le costó reunir el valor para hacerlo. Encontró el anuncio en un ejemplar atrasado del Heraldo de Blyd. Apenas ocupaba media columna al final de las páginas de los anuncios por palabras. Adha lo recortó cuidadosamente y lo guardó durante meses hasta que se convenció de que quería ser algo más que una actriz de segunda en una isla en el trasero del mundo.

—Claro, el anuncio…

Quizá no todo vaya a ser tan malo. Ahora que mira a su alrededor con mejores ojos, puede que el teatro sólo necesite un lavado de cara. Desempolvar los asientos, arreglar un poco el cartel del exterior. El barrio ni siquiera es malo. Es un barrio popular. Están muy de moda.

—Es un placer estar aquí por fin, señor Shornet. —También saluda con una inclinación de cabeza a los actores que siguen sobre el escenario. Tiene que comenzar con buen pie, porque serán sus compañeros––. Ha sido un viaje muy largo, si le soy completamente sincera, pero me muero de ganas de ponernos manos a la obra. Creo que estaban ensayando Cumbres tullidas. —Le pone la carta en la mano, por si quiere comprobar que su firma está allí mismo. Luego, con un movimiento estudiado, se quita el abrigo de paño negro y lo deja sobre una de las butacas desgastadas—. Podemos seguir desde donde están ahora, ya me conozco el texto, aunque si tuvieran una copia para mí, para refrescar la memoria, se lo agradecería.

Ahora, piensa Adha, ahora es el momento de mostrar esa sonrisa que tiene la doble cualidad de ser inocente y de mostrar una voluntad que podría mover montañas a la vez. Cada vez está más convencida de que sus primeras impresiones eran erróneas. Que en este teatro cochambroso podrá conseguir lo que busca.

Tiene un pie sobre los escalones que conducen hacia el escenario cuando escucha los pasos apresurados del hombrecito detrás de ella.

—Señorita Griett…

Adha no se detiene hasta que llega al escenario. Allí, da una vuelta sobre sí misma. El mundo se ve desde una perspectiva diferente cuando uno está sobre las tablas de un teatro. Desde arriba, como si la caja del teatro fuera el mundo real y todo lo demás se viera desde una ventana. Un escalofrío de satisfacción le recorre el bajo vientre, tan fuerte que, por un segundo, se había olvidado de que el señor Shornet quería decirle algo.

—¿Sí?

—Señorita Griett. —El director se detiene resoplando por el esfuerzo—. Creo que ha habido un malentendido con el anuncio…