Blyd 1900, La Segunda Revolución

Blyd, 1900: Capítulo 5

Viernes, 13 de mayo de 1900. Palacio Imperial. 06:20 de la tarde

Fuego

Desde que hace unas horas, mientras el carruaje se alejaba del puerto, su amiga le diera a entender que estaba metida en algún tipo de enredo con grupos igualitaristas, Kera ha tratado de olvidarse del asunto pero no puede. Debe hablar con Luar.

Tendría que habérselo imaginado. No, la verdad es que no. Kera frunce el ceño mientras cruza el pasillo todo lo rápido que le permite la pesada falda de su vestido. Sin detenerse ni un instante, examina las habitaciones que quedan a ambos lados del corredor. En realidad no se habría imaginado nunca que Luar tuviera algo que ver con un grupo revolucionario, o con algún tipo de conspiración, o con lo que sea. Pero ahora que lo piensa detenidamente no le sorprende.

Se conocieron la noche que Kera llegó al palacio. Sus padres le habían dicho que era un gran honor, un privilegio, que era la primera de su familia en ser elegida para la corte. Ella tenía doce años y un miedo atroz cuando se la llevaron en una carroza tapizada en terciopelo púrpura. El palacio le pareció un lugar frío y las criadas que se encargaron de acicalarla, de trenzarle los bucles pelirrojos y de limpiar sus lágrimas antes de presentarla ante la Emperatriz no tuvieron ninguna palabra de ánimos para ella. En relidad, para ser del todo sincera, no tuvieron palabras. Kera pensó que eran  mudas. Ahora sabe que la verdad es mucho peor. Pero cuando Kera se inclinó temblorosa delante del Emperador y de la Emperatriz vio por el rabillo del ojo la sonrisa de Luar, toda para ella, y al instante se sintió un poco mejor.

Justo antes de llegar a las escaleras que llevan a los pisos superiores, Kera capta un movimiento a su derecha, una persona vestida con una tela gris que destaca contra la rica alfombra bermellón que cubre el suelo, una sirvienta que se aparta rápidamente de su camino.

—¡Tú! ¡Detente!

Se arrepiente al instante de haber gritado porque en cuanto la sirvienta se gira, Kera se da cuenta de que es apenas una niña. No cree que sea la criada más joven que ha visto por los pasillos estos últimos meses, o quizá sí. Probablemente, se da cuenta Kera mientras nota una punzada de culpabilidad en el estómago, sea la misma que ha visto otras veces solo que ha crecido y, por eso, ella no ha sabido reconocerla.

—Estoy buscando a Luar Gerder —dice Kera. A pesar de las prisas, se esfuerza por que su voz salga suave. Y luego añade, porque duda que la niña conozca a Luar por el nombre—: La dama Aura.

La niña tiene la mirada fija en la voluminosa cesta que carga entre las manos. Al fin, murmura con un hilo de voz:

—Conozco a la dama Aura.

—¿La has visto? —pregunta Kera acercándose. La niña se apresura a dar un paso hacia atrás—. ¿Sabes dónde está? —insiste.

A Kera se le ha desvanecido la calma en la voz y la niña se encoge sobre sí misma todavía más, si acaso eso era posible. Kera se da cuenta de que lo hace porque los sirvientes tienen prohibido mirar a los ojos a los miembros de la corte. Es una de las cosas que aprendió en sus primeros días en palacio: que los sirvientes eran algo que debía equiparar al mobiliario, algo que está a su lado pero a lo que no se presta atención. La niña también lo ha aprendido muy pronto. Aun así, señala con el mentón hacia las escaleras.

—Abajo, en la sala de música…

Quién sabe qué está haciendo Luar allí. Kera ya está bajando los escalones sujetándose el borde del vestido con una mano cuando se detiene y se gira hacia la niña.

—Gracias.

Debe de ser por la sorpresa que la niña se gira en su dirección y, por un segundo, le dirige una mirada asombrada.

pianoforte

La sala de música es una de las tantas estancias del palacio que están en desuso. Se construyó por el capricho de la Emperatriz Enera más de cien años atrás, una pesadilla decorativa en la que intrincados mosaicos de ámbar y ónice cubren las paredes allá donde los  cuadros de la Familia Imperial dejan un espacio libre. En un rincón está lo que le da nombre a la sala: un vetusto pianoforte blanco con incrustaciones de madreperla, porque a la emperatriz Enera le gustaba todo lo que brillaba. Y sentada en la banqueta del instrumento está Luar, que ni siquiera parece sorprendida de verla entrar a toda prisa.

—¿Ya es hora de prepararse para el baile?

Luar sabe perfectamente que no viene por el dichoso baile, piensa Kera. Tiene en los labios esa sonrisa que vio cuando se conocieron, segura de sí misma, traviesa, una sonrisa en la que se apoyó durante los primeros meses en el palacio y que las convirtió en amigas inseparables. Pero ahora, mientras cruza la sala de música, por mucho que esa ligereza de su amiga le haya salvado de una vida solitaria en la corte, preferiría que, por una vez, Luar se tomara algo en serio.

—Eso que ha ocurrido esta mañana… —comienza a decir. Llega al lado del viejo pianoforte, Luar no ha hecho amago de levantarse, como esperando a que ella hable claro—: En el puerto, cuando uno de los igualitaristas te ha ayudado, cuando me has dicho que no eras su enemiga…

Delicadamente, Luar se coloca un mechón de cabello castaño detrás de la oreja.

––No vas a denunciarme.

Lo dice con voz sosegada, tranquila, como si tan solo estuviera informándola del hecho más obvio del mundo. Luar sabe que Kera no la denunciaría nunca y, por supuesto, tiene razón.

—Claro que no. —Kera entrelaza las manos para controlar el calor que se le está comenzando a acumular entre los dedos.  No es calor de rabia. De miedo, quizás. Por su amiga, por lo que está a punto de preguntarle—. ¿Por qué…

—¿Por qué te lo he contado o por qué lo hago? —Antes de que pueda responderle, Luar se levanta de la banqueta. Sus pasos resuenan sobre el mármol del suelo, de un negro intenso, mientras camina por la sala mirando a su alrededor—. ¿Sabes por qué me gusta venir aquí? Una pista —añade haciendo una mueca—: no es por la decoración. Es por el silencio. Esta sala es la más solitaria de todo el palacio.

—Luar, no…

—No estoy cambiando el tema de la conversación. —Luar se detiene por fin y se lleva la mano al cuello, al camafeo con el símbolo de Aura,  su Familia—. No me estaba refiriendo a la ausencia de ruido. Es que aquí no llegan los pensamientos de los demás y… este palacio es tan ruidoso, ¿sabes? Todo el mundo pensando, maquinando. No me mires así. ¿Te crees que soy la única Aura de toda la corte que recurre al Vínculo para Leer los pensamientos de los demás?  Tu familia, que es Fuego y tú y yo sabemos cómo sois todos, te mandó aquí por el honor y la mía porque la información es poder. Por eso estoy ayudando a los igualitaristas. He aprendido una cosa en estos años: que todos, todos, desde el Emperador y la serenísima Emperatriz hasta el criado más miserable pensamos igual. Todos nos preocupamos por las mismas cosas y tenemos los mismos impulsos. ¿Entonces por qué unos deberíamos tener tantos privilegios y otros tan pocos?  —Kera baja la cabeza ante la pregunta de su amiga. No sabe qué hacer con las manos, frota la tela de su vestido entre los dedos—. Y te lo he contado porque sé que, en el fondo, tú opinas lo mismo que yo. Aunque no te hayas atrevido a decirlo nunca.

Suspira. Kera trata de encontrar alguna mentira en las palabras de Luar y descubre que no hay ninguna. Pero no sabe si eso la alegra o la entristece. Hace unos años, su propia Familia era como las demás: como Tierra, como Aire, como Agua. Ella misma, si el Emperador no se hubiera dado cuenta del poder ofensivo que tenían los Fuego, probablemente habría estado esa misma mañana del otro lado, rabiosa, hambrienta, en harapos.

diamonds

Inmediatamente, la cabeza se le va a la niña que se ha encontrado por el pasillo. Ni siquiera sabe de qué Familia es y eso que lo primero que hace alguien en la corte al presentarse en sociedad, justo después de decir su nombre, es indicar la Familia a la que pertenece. «Kera Balzac, Fuego», dice ella. Y ese Fuego entre sus labios sabe a orgullo, a fuerza, a poder. No es capaz de imaginar una situación en la que signifique otra cosa.

Está tan concentrada en sus pensamientos que no se da cuenta de que su amiga la agarra del brazo mientras la dirige hacia la salida de la sala de música.

—Ay, querida. Por eso nunca he querido hablarte de estos temas. —Luar le acaricia la mejilla con el dorso de la mano y, después, la sostiene suavemente de la barbilla para que la mire—. Eres demasiado sensible. Pero, si me dejas, prometo endurecerte.

Luar termina la frase con una carcajada gentil, de cortesana, absolutamente falsa y ensayada cien veces delante del espejo. Después, se detiene y se separa del brazo de Kera para hacerle una reverencia intrincada, la clase de reverencias que le ha visto hacer docenas de veces cada vez que se cruza con la Emperatriz por los pasillos. Kera sabe que, después de ese tipo de reverencias, siempre viene algo.

—Bella dama Fuego —comienza, la espalda arqueada en noventa grados, los brazos extendidos y desnudos, únicamente cubiertos hasta el hombro por sendos brazaletes de diamantes—, ¿me concede el honor de ser mi pareja esta noche? —Kera entrecierra los ojos siguiéndole la broma, como si se estuviera pensando la respuesta. Inmediatamente, Luar contraataca mientras se incorpora—: No se confunda, bella dama, no pienso invitarla al baile. Lo que le propongo es mucho más interesante…

Y Kera, que conoce bien a Luar, sabe que por mucho que le asuste lo que sea que le esté proponiendo su amiga, no puede decirle que no.